La vida en una residencia

 

Se acaba segundo de bachillerato y llega la temida selectividad, o como ahora la llaman, PAU—prueba de acceso a la universidad—. Una vez pasada, comienza la vida universitaria. Es el momento de hacer decisiones, pero a veces, eso lleva implicado tener que abandonas el hogar y marcharse a otra ciudad. Es entonces cuando surge la duda, ¿piso o residencia universitaria? Y ahí está el quid de la cuestión, ¿cuál es la mejor opción?

 Dicen que si te vas el primer año a estudiar fuera de casa lo mejor es irse a una residencia, por una razón, porque a la ciudad a la que te marchas no conoces a nadie. Pero bajo esta razón, se esconde el instinto de protección de las madres, ese “vete a una residencia que así me quedo yo más tranquila’’.

Pero también puede ocurrir que el primo del hermano del marido de la vecina de turno tenga un piso en la ciudad a la que el futuro universitario tiene que emigrar. Entonces, como se llega a un acuerdo bastante económico solo porque conoces a fulanito de tal, optas por irte a piso.

Pero... ¿cómo es vivir en una residencia? 

Te plantas ante una puerta con tus maletas, sin saber muy bien qué es lo que te vas a encontrar. Tus armas en ese momento son: la timidez,  la vergüenza, y tu móvil.  Vives pegada a tu móvil, sobre todo a la hora de comer, cuando te sientas con completas desconocidas, con las que de momento no tienes nada en común.

Solo has dicho tres cosas sobre ti: cómo te llamas, de dónde eres y qué estudias. Todos los comienzos no son fáciles, pero conforme pasa el tiempo, esas completas desconocidas pasan a formar parte de tu vida.

Ahora, lo sabes todo sobre ellas y te preguntas dos cosas: cómo es posible que no nos hubiésemos conocido antes y qué hubiera pasado si no hubiera venido a esta residencia o a esta ciudad.

En tan solo nueve meses, te das cuenta de que no eres la única persona con gustos raros, porque puede ser que una logroñesa tenga los mismos gustos que tú. También te das cuenta de que aquella chica que viste por primera vez, de la que pensaste que era una ‘’pija’’ y que iba de ‘’guay’’, resulta que pasa a convertirse en una persona indispensable para ti. También ocurre que pasas a dominar perfectamente la geografía española, porque descubres lugares de los que jamás habías oído hablar, como pequeños pueblos de Jaén, o de Valladolid. También descubres que aquella chica callada y vergonzosa tiene una bondad inmensa en su ser y también aprendes a hacer un hueco a gente que ha llegado nueva, a la que no conoces, pero que poco a poco se va ganando tu amistad.

Sí, parece todo de color de rosas. Pero no siempre es así. Puedes llegar a discutir con gente, aunque el motivo de esa discusión sea una tontería.

En definitiva, en estos meses de convivencia, has tenido muchos momentos buenos, pero también malos, con esas simples desconocidas, que queramos o no, se han ganado un trocito de nuestra ‘’patata’’.

Pero el final se acerca, y nos tenemos que despedir. Despedirnos de aquellas que se marchan de la residencia, aquella chica con la que tenías mucho en común, que estudiaba lo mismo que tú, o simplemente la que mejor te caía. Se van por diversas razones, y llegas a pensar que jamás las volverás a ver, hasta que piensas que las mejores despedidas son en las que dices un ‘hasta luego’ y no un ‘adiós’.

Cuando te vas dejas atrás mucho, muchas experiencias. Pero de lo que puedes estar segura, es que te han cuidado bien y  tu madre puede estar tranquila.

Nuestro futuro va a tomar caminos muy diferentes, y esos caminos, aunque nos cueste reconocerlo, están muy cerca. En ese futuro, cuando nos volvamos a reencontrar, cuando nos veamos de nuevo las caras, recordaremos aquel día en el que nuestros caminos se cruzaron en una residencia femenina de la calle Ruíz Hernández 13, de Valladolid.

Laura Ortiz.

 

 

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